Capítulo 1
- Vamos Maira, date
prisa. – le dije desde el salón.
No me lo podía creer,
hacía una hora que la había avisado de que llegaría, que estuviese preparada
para salir cuanto antes. Tenía las maletas en medio del pasillo, pero ella aún
no se había vestido, que desastre de chica.
- Elige, ¿negro o de
flores? – me preguntó enseñándome los vestidos que tenía, uno en cada mano.
- De flores. – le
respondí. – Oye, voy al baño a retocarme un poco el maquillaje.
- Vale, ya sabes dónde
está.
- Sí, es lo que hace
quince años de amistad.
- Y tú sigues
contándolos. – rió ella.
- Sí. – dije entrando
en el baño y mirándome en el espejo.
Era impresionante como
había cambiado en los últimos años. Antes era algo gordita y ahora tenía una
figura de reloj de arena, solía llevar gafas y ahora lentillas, por lo cual mis
ojos color café se veían impresionantes. Me había dejado el pelo lo
suficientemente largo como para que las puntas me llegasen hasta la cintura, la
sombra de ojos negra que llevaba hacía que los ojos se viesen más grandes.
Saqué mi brillo de labios del bolso y comencé a pintarme los labios, siempre me
habían encantado mis labios por ser carnosos.
En ese momento entró
Maira con el vestido de flores que le llegaba hasta por encima de la rodilla y
tenía unos gruesos tirantes. Comenzó a hacerse una trenza de raíz. Hacía
aproximadamente dos meses cuando Maira decidió hacerse las mechas
californianas, a mí no me gustaba como quedaba pero el caso es que le gustase a
ella.
- ¿Ya estas preparada?
– pregunté.
- Sí. – respondió
ella.
- ¿No te dejas nada?
- No.
- ¿Te has despedido de
tus padres?
- Claro.
- Muy bien, pues
vámonos.
Maira cogió sus
maletas y cerró la puerta de casa. Saqué las llaves, abrí el maletero de mi
deportivo rojo y entramos las maletas de Maira junto las mías.
- Venga, monta. –
dije.
Nos montamos en el
coche, me puse unas gafas de sol en forma de corazón con las monturas rojas y
pusimos rumbo a la casa de Sonia.
Una vez allí no hizo
falta ni llamar al telefonillo, Sonia ya nos esperaba en la calle junto con sus
maletas. Y como no, leyendo un comic.
Toqué el claxon del
coche y sus ojos azules se centraron en nosotras.
- Ya era hora de que
llegaseis. – protestó.
- Culpa de Maira,
llegué a su casa y aún no estaba lista.
- Joder, y mira que
habíamos quedado en estar todas preparadas. – refunfuñó Sonia.
- Que se le va a
hacer. – dijo Maira restándole importancia.
- Vamos, abre el
maletero y guarda tus maletas. – le dije.
Sonia metió las
maletas y se montó en el asiento trasero.
Puse un CD que había
grabado y comenzó a sonar la canción I
Love It.
- Muy bien, ¡rumbo a
Barcelona! – anuncié.
Arranqué el coche y
puse rumbo a la autovía.
Después de unas
cuantas horas conduciendo y ya de noche, llegamos a Barcelona. Sonia me había
indicado el camino a casa de sus tíos. Y ahora mismo estábamos en frente de la
puerta esperando a que Sonia terminase de pedirles las llaves de un chalet que
tenían a pie de playa, al cabo de un rato, volvió al coche y nos dirigimos
hacía el chalet.
Una vez habíamos llegado
aparqué el coche y sacamos las maletas, entramos en la casa y cada una escogió
la habitación que más le había gustado.
Mi habitación tenía
una vista impresionante de la playa. Se podía ver el mar en calma, la luna y su
reflejo sobre el agua. Jamás pensé que vería una vista tan bonita.
Cuando terminé de
colocar las cosas bajé al salón para hablar con Sonia y Maira, que estaban
viendo la televisión.
- ¿Cenamos? –
pregunté.
- Vale. – respondió
Maira.
Entramos en la cocina y
Sonia abrió la puerta de la nevera.
- Pues no hay gran
cosa. – comentó.
- ¿Qué hay? –
pregunté.
- Pues lechuga, tomate
y cebolla. – respondió.
- ¿Y hay aceite,
vinagre y sal? – preguntó Maira.
Sonia echó una breve
mirada a la encimera de la cocina y contestó.
- Sí.
- Vale, pues ya
sabemos que vamos a cenar hoy. Tendremos que ir mañana al supermercado a
comprar comida. – dije mientras cogía un bol grande de cristal de uno de los
estantes. – Sonia, ve poniendo la mesa.
- ¿Te ayudo? –
preguntó Maira.
- Sí, ve picando el
tomate. – le ordené.
Sonia sacó tres platos
y los puso en la mesa, luego llevo tres tenedores y tres vasos. Y, finalmente,
se sentó a esperar.
- Anda, mira Sonia,
que comodona ella. – dijo Maira.
- Bueno, tampoco es
que ella sepa hacer nada. – me burlé.
- Eso, eso… –
respondió Sonia. - ¡Oye!
Maira y yo nos echamos
a reír mientras llevaba la ensalada que habíamos preparado. Nos sentamos a
cenar y empezamos a hablar de los planes que haríamos al día siguiente.
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